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LA ESCLAVITUD DE APRENDER DE LO MALO

Leila Guereiro, periodista argentina, escribía en noviembre de 2021 para una columna de El País: ¿Cuántas toneladas de autoayuda y mindfulness hemos tragado para engendrar esa necesidad maníaca de encontrarle a todo una enseñanza? El dolor, a veces, es simplemente dolor." A pesar del contexto actual, tan aparentemente distinto, el dolor siempre duele, aquí y en la China. El dolor es algo subjetivo, lo que a mi me duele mucho quizás a ti te duela poco. Pero eso no puede ser invalidante ni de mi dolor ni del tuyo.

La nueva era nos aplaca con un nuevo lema: si te duele es porque dejas que te duela, porque quieres, porque no pones remedio... es más, de todo esto deberás aprender y finalmente te sentiras agradecida de haberlo vivido. Así de simple y lapidante. Toda la responsabilidad en el sujeto, independientemente de su subjetividad, incluso del contexto social, económico, político... en el que se desarrolle. La culpa es tuya y tú lo sabes, así que espavila. Y si no sales adelante, aún es más culpa tuya. Sentencias que anulan como individu@.

La capacidad resiliente es un aspecto intrínseco al ser humano. Muchas investigaciones han tratado de ello y han corroborado que si hoy estamos aquí es precisamente por esa capacidad resiliente, de afrontamiento de la adversidad preservando la supervivencia. Pero no siempre es una línea recta, tampoco fácil. Depende que se active con mayor o menor éxito no sólo por el propio sujeto, sinó también por las condiciones contextuales. Y este aspecto tiene que ver con la comunidad y el entorno.

Pero qué pasa cuando la comunidad se desentiende y te dice con más o menos tacto "¿tienes que superarlo, estás anclad@, hasta que tú no pongas medios no lo superarás....?" Todo desde la necesidad de quien habla, no de quién recibe el mensaje. El parlante, incomodado por la escena que observa, prefiere accionar que sostener. Hablamos mucho de habitar el presente, pero ¿esto no es acaso una manera violenta de empujarlo hacia el futuro? No valen justificaciones del tipo "es que aprecio tanto a esa persona que quiero ayudarla...". En esencia, ¿a quién queremos salvar? Aceptar va de eso, de acoger lo que le sucede al otro y estar simplemente, siendo en ese estar un interrogante que el otro va o no a tomar. Y no pasa nada. Así también es.

Que yo le diga a mi amiga que debe superar un duelo o una pérdida después de un tiempo puede servirle, pero también aceptemos que no, que incluso puede ser contraproducente. Lo que digo lo debo decir siendo consciente de mi necesidad y respetando profundamente los procesos (o estados estáticos) ajenos. Si yo incito pueden pasar dos cosas... que su autoestima, ya previamente vulnerada, baje aún más (decepciona a los de al lado, y también a sí misma, se siente incapaz...) o que directamente te envíe a la mierda (así dicho, eso sí que es resiliente porque sin rodeos identifica lo que no le ayuda y le devuelve el foco a sí misma).

A quién no le pasó, incluso de pequeñ@, caerse y que la adulta de turno viniese a decir "venga va, no fue nada, adelante". No hay nada que victimice más a la víctima que invalidar su dolor, en cambio, reconocerlo, la autoafirma y le permite anclarse en sus propios mecanismos resilientes. Dar sostén y tejer una red de apoyo con la incertidumbre de a dónde vamos a ir es radical, revoluciona las relaciones. Es mucho más importante eso, reconocer y dar espacio (validar) que mandar mensajes de ánimo de esos que aparecen en las tazas de Mr. Wonderful como "si lo sueñas lo consigues" o "tú puedes con todo y más". Tampoco ayuda ir de terapeuta por la vida. En la ecuación de la amistad tod@s estamos al mismo nivel y hablamos desde las experiencias. Por eso las amistades son reparadoras, porque se manejan en la lógica de l@s iguales. 

Así, el dolor, a veces es eso, dolor que duele, que despierta la rabia, que abre las compuertas a la tristeza, que da lugar al enfado como una gran ola furiosa. Nos empeñamos en que todo eso, que son procesos normales de supervivencia de la especie, sea anulado, y lo justificamos como un proceso que hay que transitar (ojo, ¡con semáforos y todo!) para poder ser mejores personas. Ahora resulta que sufrir no hace mejores, nos cura de un supuesto narcisismo innato. Estoy harta de oír todos estos discursos, y me preocupa que sigan ganando terreno en determinados círculos. El dolor es inevitable, lo aceptamos y vemos qué hacemos con él, pero a ver.... que levante la mano quién hubiese preferido no haber sentido dolor en determinado momento. Aprender del dolor, o de la adversidad, es algo muy complejo y no es atribuible exclusivamente a la responsabilidad del sujeto. De todo aprendemos, del dolor y de la alegría, ¿por qué no nos decimos lo mismo cuando sentimos alegría? ¿por qué no buscamos incansablemente más momentos de alegría para poder supuestamente aprender más y ser mejores personas? ¿por qué tenemos esta insaciable necesidad de ser mejores personas? o más aún...  ¿la necesidad de ser las mejores personas? ¿Ven que esto es una locura?

Hay que reubicarnos y poner los pies en el suelo. Aprender vamos a aprender siempre, porque sean cuáles sean las experiencias que vivimos, todas ellas, la diarias incluidas, son transformadoras y acumulativas. El sujeto pensante tiene eso, que poco o mucho siempre se va a dormirse con algo más de lo que despertó. Pero cada un@ en su camino, protagonista de su vida. Imponernos estas exigencias parece más querernos quedar en el goce del discurso capitalista del esfuerzo, de no abandonarnos ni un segundo a nuestra propia suerte y sí, ya luego vemos qué hacemos. Reeeee-laaaaaxxxx.

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